viernes, 16 de febrero de 2018

MEMORIAS DE UNA DRAGG QUEEN DE PUEBLO. (Martin, alopecia. "La Cuca" y la sombra de un gran almendro)

MARTIN, ALOPECIA, “LA CUCA” Y LA SOMBRA DE UN GRAN ALMENDRO.

        El sábado, como de costumbre, el despertador sonó a las tres del mediodía. Darío paró el escandaloso aparato y se arrastró sobre mí, dándome un beso en los labios. -Buenos días.- Sonrió. -Mejor dicho, buenos medios días.- Y moviéndose perezosamente se deslizó hasta la ducha.
        Hacía calor. El ventilador, que tenía conectado a un temporizador eléctrico, llevaba funcionando desde las once de la mañana, moviendo el aire, consiguiendo así refrescar mínimamente el ambiente. Estaba excitado y necesitaba una ducha con mi chico.
        Entre espuma, abrazos, erecciones y esperma nos dieron casi las tres y media. Darío se marchó cagando leches, dándole mordiscos por el camino a un trozo de pizza que llevaría en la nevera desde el jueves, después de haberse bebido en tres sorbos un café completamente helado del día anterior con leche, quejándose continuamente de que volvería a llegar tarde al trabajo en la peluquería.
        Por mi parte, más tranquilamente, me calenté el otro trozo de pizza que quedaba y me lo comí junto a un gran tazón de café recién hecho, sentado en la tumbona que seguía debajo del gran almendro del patio.
        Al poco rato me di cuenta que mi pequeño huerto urbano volvía a tener la consistencia de tabaco de liar, necesitando con urgencia un buen aporte hídrico. Mientras regaba lo que quedaba de mis plantas, me acordé que había quedado con Martin a las cinco en la playa. Así que después de dejar los parterres completamente anegados, me dediqué a buscar un bañador bonito y a embadurnarme de crema de protección solar factor sesenta.
        A las cinco me planté en la zona donde habitualmente solíamos quedar los colegas del grupo. Me encontré que en la playa, delante del POMELO’S, al otro lado del paseo marítimo solo estaban Nuria y Lidia. Martin no apareció en toda la tarde. -Que tarde que llegas ¿no?- Me dijo Lidia cuando planté mi toalla a su lado.
        -Es la manera de no estar cambiando la piel cada semana.- Dije señalando la espalda de Nuria que parecía un lagarto mudando la piel (por cuarta vez ya).
        -Es lo que tenemos los rubios.- Dijo Nuria. -En verano solo tenemos tres tonos de color de piel: Blanco lechoso, rojo gamba, y piel de muda de lagarto o serpiente.- Nos reímos los tres.
        -Va por la Lidia.- Dije yo. -Que esta chica toma el sol tres días y tiene el moreno Watutsi para todo el año.-
        -Ya… y nosotros tomamos el sol todo el verano y solo conseguimos un tono rojizo que nos dura solamente una semana.- Se quejó Nuria mientras Lidia nos hacia un solitario con el dedo medio del puño, insinuando que nos fuésemos a tomar por el culo.
        -Cada cual juega con las cartas que le han tocado.- Sentenció Lidia mientras mirábamos como Nuria le daba un buen trago a la limonada con pipermín que llevaba dentro de un termo con hielo.
        -¿Aun sigues con los antojos de menta?- Pregunté a mi embarazadísima amiga después de que el perfume de menta impregnase toda la playa.
        -Sí, y cada vez va a peor. Cuando pienso que aún me quedan dos meses largos para que se acabe esto, me desespero.- Contestó Nuria acariciándose su prominente vientre.
        La conversación siguió por los mismos derroteros hasta casi las ocho de la tarde. Hora en la que yo recogí mis cosas y me dispuse a volver a casa para prepararme para ir al PACHA a trabajar.
        -Por cierto… ¿Qué se sabe de Miquel y Thomas?- Les pregunté mientras sacudía la arena de la toalla.
        -Están en Barcelona, por lo que parece ya tienen todos los documentos que les hacían falta para regularizar la situación de Miquel en Los Ángeles.- Dijo Nuria. -Solo que ahora tienen que demorarse en regresar porque Thomas tiene que cerrar unos negocios que le han salido en el último momento y requieren toda su atención.- Añadió.
        -Me alegro que las cosas vayan bien entre esos dos.- Les dije mientras me alejaba con la toalla en la espalda y las llaves del portal del patio en la mano.
        Al entrar en casa me encontré con que Darío ya había llegado y estaba en la cocina devorando todo lo comestible que encontró dentro de la nevera. -Que hambre que he pasado hoy.- Dijo mientras terminaba de relamer el envase de un yogur de macedonia.
        -¿Mucho trabajo en la peluquería?- Le pregunté.
        -Cinco tintes y dos permanentes. No he tenido tiempo ni para hacerme un café.- Protestó mientras engullía su segundo yogurt de macedonia.
        -Que chollo, estás haciendo mogollón de prácticas y encima te pagan. Eres un afortunado.- Dije con tono burlón y riéndome.
        -Bueno se trataba de eso, ¿no? Si quiero mi título de peluquería tengo que tragar y hacer todas esas horas de prácticas.- Se quejó un poco molesto por mi actitud.
        -Y yo estoy muy orgulloso de ti.- Le dije mientras lo abrazaba y le daba un beso en los labios. Un beso con sabor a macedonia, por cierto. -Me voy a la ducha a quitarme la sal y la arena.- Añadí esperando que me soltase de ese abrazo que, por mi parte, ya se estaba alargando en exceso.
        -Mmmh… Ducha… yo te sigo.- Dijo mientras empezaba a bajarme el bañador y me acariciaba los pezones con la lengua. -Me encanta cuando tienes la piel quemadita por el sol y llena de cristalitos de sal.- Mientras, su lengua bajaba por mi barriga dirigiéndose primero a mi ombligo y después directamente a mi polla que, por cierto, ya estaba apuntando hacia la lámpara.
        Me di cuenta en ese momento que habíamos entrado otra vez en modo de extrema pasión sexual. No estaba seguro de haber estado anteriormente así con Darío, por lo menos durante los dos últimos meses, meses en los que nos habíamos limitado a un par de polvos bastante forzados a la semana. Se repitió la misma situación que por la mañana: Tuvimos que correr a toda leche para acabar llegando casi veinte minutos tarde al trabajo en el PACHA.
        Por suerte, quien más y quien menos, todos los empleados de la discoteca habían llegado tarde algún día. Empezando por Martin, que solía llegar siempre entre media y tres cuartos de hora tarde, aunque como él ya llegaba transformado en La Sabrosona, no se le tenía en cuenta.
        Esa noche y después de las revelaciones que me había hecho mi pareja sobre el consumo de drogas en el local, me obsesioné en localizar a los clientes consumidores y de paso, a los posibles traficantes.
        A eso de las cuatro y media llegué a la conclusión de que casi todos los clientes tenían las pupilas de los ojos como platos soperos. Me abrumaba la idea de que hubiese tantísima gente dispuesta a meterse cualquier mierda de sustancia en el cuerpo solo para divertirse. Muy decepcionado con la humanidad, al terminar mi última actuación salí a la terraza chill-out para tomar el aire y charlar un poco con María.
        Acababa de preparar un coctel de frutas y licor para unos clientes y con los restos de la coctelera nos servimos unos chupitos. -Te veo un poco abatido.- Dijo la camarera mientras me invitaba a brindar con el vaso de chupito.
        -Siempre había pensado que la discoteca se llenaba porque estábamos haciendo bien las cosas. Un buen espectáculo, buena música, copas generosas…- Le dije a mi amiga.
        -¿Y no es así?- Preguntó María.
        -Pues por lo que parece no. Por lo que se ve que el éxito de un local depende de la cantidad de droga que se dispense en él.- Dije abatido.
        -Yo de ti no hablaría de ese tema muy alto por aquí.- Dijo mi amiga acercándoseme al oído. -La mitad de los empleados trafican con alguna sustancia, y el resto, en distintos grados… consume.- Sentenció flojito en mi oído.
        Supongo que gracias a los dos kilos de maquillaje que llevaba en la cara no fue visible mi expresión de pasmo al enterarme de la asquerosa realidad del mundo que me rodeaba. Una vez más, era el último mono en enterarme de cómo funcionaba el entorno por el que me movía.
        Como si la cosa no fuese conmigo, regresé al fotocool para realizar mi trabajo, dejándome fotografiar junto a las demás Draggs y los clientes que lo deseasen. Aunque, a consecuencia de la gran decepción que acaba de llevarme, lo estaba realizando con cierta desgana y muy asqueado (una Dragg Queen con cara de asco… ¡qué gran novedad!).
        Más tarde, casi a las siete, cuando ya estábamos en la cama, le hice a Darío la pregunta del millón: -¿Tú consumes droga?-
        -Desde que estoy contigo no.- Me contestó.
        -¿Antes consumías?- Insistí.
        -Si.- Titubeó. -Desde los doce años… ya sabes que me he relacionado con gente muy indeseable.- Dijo justificándose.
        -No te estoy juzgando.- Contesté intentando ser cordial. -Yo también tuve mis experiencias con éxtasis y cocaína a los veintidós años.-
        -No te imagino a ti colocándote a base de “pastis” en una fiesta.- Dijo Darío riéndose.
        -Si yo te contara como eran las fiestas Acid-Hause de finales de los ochenta y principios de los noventa.- Estaba haciéndome el interesante, aunque ciertamente esas fiestas no tenían absolutamente nada de inocentes: si no tomabas las pastillas de éxtasis de manera voluntaria, acaban metidas en tu bebida sin que lo supieses. De hecho fueron el inicio de la explosión de las drogas de diseño.
        Después de tantas confidencias, con el ventilador enchufado, pues hacia muchísimo calor, nos entregamos (de nuevo) a las caricias y el sexo hasta que nos quedamos dormidos.
        Desperté a las dos y cuarto. Mi chico dormía a pierna suelta a mi lado. Me alcé de la cama sin despertarlo, era domingo y él no trabajaba en la peluquería, así que decidí dejarlo dormir hasta que se hartase. Después de una buena meada, preparé café y abrí una bolsa de madalenas, montándome mi picnic-desayuno en las tumbonas de la terraza, debajo del almendro. Al primer bocado de la tercera madalena escuché a lo lejos el timbre del teléfono. Me levanté de un salto para cogerlo lo antes posible, esperando que Darío no se hubiese despertado. Cuando llegué, mi chico estaba contestando.
        -Es Martin, que se viene para acá para irnos a la playa.- Dijo refunfuñando después de colgar el teléfono, mientras pasaba por mi lado. -¿Hay café? Necesito café si no quiero quedarme completamente dormido en la playa.- Añadió mientras me daba un beso en los labios y se dirigía completamente en pelotas hacia la cocina. -Queda muy poco café. Pongo a hacer una cafetera nueva.- Me gritó mientras se rascaba la cabeza y le daba un bocado a una madalena.
        -También es mala suerte, después de todos estos meses que lleva instalado el teléfono, casi nadie ha llamado y cuando lo hacen, es en el peor momento.- Pensé mientras también me dirigía a la cocina.
        Mientras esperaba a que la cafetera se pusiese a hervir, repase de arriba a abajo a ese rubio desnudo y despeinado que tenía apoyado en la mesa de la cocina. Dejando a un lado su juventud, tenía que reconocer que era verdaderamente bello. Aunque tenía el cuerpo de cualquier joven que no ha destacado en ninguna modalidad atlética, no estaba para nada fofo ni excesivamente delgado. Una fina capa de vello rubio, casi traslucido, solo visible cuando la luz lo hacía brillar, se esparcía por sus brazos y piernas. Su piel dorada por el sol mostraba de vez en cuando algún lunar que se confundía con varias marcas (sin duda había pasado la varicela de niño) y pequeñas cicatrices. Un pequeño bosque de pelo rubio como sus cejas rompía la monotonía de su piel, resaltando sobre una bonita polla sin circuncidar y unos testículos depilados tres días antes (si, y reconozcámoslo de una puñetera vez, los cojones depilados han sido el mayor aporte del cine gay a la sociedad). -¿Que miras?- Dijo Darío con la boca llena de madalena a medio masticar.
        -A ti… ¿No puedo? Me es imposible dejar de mirarte.- Conteste riéndome.
        -Ven.- Dijo extendiendo los brazos para abrazarme. -Tengo hambre, tengo calor y tengo sueño.- Susurró a mi oído.
        -Y además tienes que ponerte un bañador antes de que llegue Martin.- Le dije yo. Nos reímos los dos.
        Mientras esperábamos que el “Alter Ego” de La Sabrosona llegase, nos dio tiempo de desayunar tranquilamente y ponernos la correspondiente capa protectora de crema solar factor sesenta. Cuando llegó Martin, lo primero que me llamó la atención fue el logradísimo peluquín o bisoñé de pelo rizado a juego con el suyo que llevaba. Tenía la sensación de que Darío no se dio cuenta de que mi amigo llevaba el pelo postizo porque siempre lo había visto de Dragg y nunca se sacaba su peluca rizada color caoba de pelo natural.
        Preferí ser discreto y no ponerlo en evidencia ante mi pareja. Me imaginaba que ya debía de ser suficientemente traumática para él la pérdida del cabello, pues necesitaba tener que recurrir a semejantes estrategias para sentirse seguro de sí mismo.
        Cuando llegamos a la playa, nos encontramos que en la zona que normalmente solíamos ocupar, estaba “La Cuca” con un par de camareros del ANARKO. Ni cortos ni perezosos pusimos nuestras toallas cerca de ellos. Estuvimos hablando con los dos camareros mientras Javi estaba dormido, traspuesto o simplemente nos ignoraba, pues tardó casi media hora en girarse y saludar. Cuando vio a Martin su cara se transformó en ira, algo parecido a Úrsula, la bruja mala de “La Sirenita”. Y levantándose de golpe le lanzó una mirada asesina a mi amigo y dijo: -Vosotros haced lo que queráis. Yo me voy, que de golpe esto se ha llenado de muy mala gente.- Acto seguido cogió su toalla, sus chancletas, la bolsa tipo petate y se fue hacia el paseo marítimo.
        Por un momento todos nos quedamos de piedra, sin saber a qué había venido ese arrebato.
        -Tuvimos un rollete hace casi un año. La cosa no acabo muy bien, al menos por su parte por lo que veo.- Se disculpó Martin.
        Después de esta confesión, los dos camareros (supongo que por solidaridad con su encargado), recogieron sus cosas y se fueron tras “LaCuca”. Darío y yo nos miramos sin saber muy bien que hacer. Yo dudaba entre salir corriendo detrás de “La Cuca” para intentar que me explicase ¿qué coño había pasado ahí? o coger a La Sabrosona por el peluquín y hacerle la misma pregunta (solo que a él lo zarandearía un poco). Opté por quedarme y pedirle alguna explicación a Martin.
        Por lo visto, Javi y mi amigo se conocieron cuando, un año y medio antes, el ANARKO cambió de compañía de seguridad. Martin se encargó de sustituir las alarmas y los detectores de movimiento del interior del club. “La Cuca” en ese momento se encargaba de la preparación de barra y la limpieza del local. Por lo visto acabaron liados en lo que se podría definir como “un tórrido romance en horario laboral” (en ese momento me preguntaba cuantos kilos de cocaína hacían falta, para que alguien encontrase atractivo a Javi). Total, que la cosa duró hasta que la policía hizo la redada por drogas en el local y se llevaron de patitas a la cárcel a la mitad de los empleados. Desde ese momento (y siempre según Martin) “La Cuca” no quiso saber nada más de él, acusándolo de la mayoría de sus problemas. Fue en ese momento cuando me acordé de que cuando el ANARKO estuvo cerrado Verónica S3 y Javi se conocieron en el PACHA.
        Llegue a la conclusión que al final todo se reducía al típico: “quien la tiene más gorda” (la raya de cocaína, claro está).
        Ya fuese por la tensión acumulada o porque hacia muchísimo calor, en menos de una hora cada cual estaba en su casa. Era domingo y Darío no trabajaba en la peluquería, así que le propuse de irnos a merendar al paseo marítimo y aprovechar lo que quedaba del día para hacer algo juntos, antes de que lo llevase a trabajar a la discoteca a las nueve.
        -No sabía que La sabrosona fuese calva.- Me dijo mi chico mientras nos sacábamos la sal en la ducha.
        -¿Tanto se le nota?- Pregunté extrañado.
        -¿No te has dado cuenta? Pero si ese peluquín de pelo requemado de muñeca vieja se ve a una legua.- Contestó mientras me enjabonaba la espalda.
        -Pobre.- Pensé. -Tanto esfuerzo por disimular su alopecia y al final resultó que no engañaba a nadie.-


        Posdata:
        Al final acabaran teniendo razón los que dicen que el mundo es un pañuelo. Todos los mocos acaban tocándosE.

        Imagen: Eriko Stark.




sábado, 27 de enero de 2018

MEMORIAS DE UNA DRAGG QUEEN DE PUEBLO. (Sexo, cocaína, libros de joyería y Martin)

SEXO, COCAINA, LIBROS DE JOYERIA Y MARTIN.


        La primera semana de julio, a nivel de trabajo en la empresa multinacional japonesa, la pasé encerrado en la “sección secreta”. Como nadie se dignó a aparecer por ahí, me dediqué a intentar leer los protocolos de realización y trabajo con metacrilatos, cosa que me estaba resultando de lo más dificultosa ya que todo estaba escrito en inglés. Tengo que reconocer que entre las traducciones de los dietarios del Sr. Yamahaka y las de todos los informes y protocolos que tanto me interesaba de esas maravillosas carcasas de teléfonos móviles, mi nivel de comprensión del idioma inglés mejoró en un par de grados.
        Ni Makoto ni Kaede aparecieron en toda la semana y nadie se molestó en venir a decirme: -Esto se hace así.- O -Deberías hacer esto o aquello.- Así que me tomé la surrealista situación con buen humor y me dediqué a pasar las horas tomando notas y traduciendo todo aquello que me resultaba interesante.
        Otra cuestión a la que tuve que hacer frente fue la insaciable necesidad de las mosqueteras de obtener información sobre la nueva sección a la que estaba asignado. Y más por vergüenza que por verdadera fidelidad a la empresa, opté por evitar la zona de descanso común y tirar de la magnífica cafetera exprés de que disponíamos en el taller. Además, ¿qué podría contarles?: -Es una sección muy bonita… no tengo jefes, no tengo ni idea de que hacer y no hay nadie que me dice que debo hacer.- Sinceramente, por motivos de higiene mental prefería no tener que llegar a dar ese tipo de explicaciones.
        El jueves todo cambió. Dado que en toda la jornada laboral no tenía nada mejor que hacer, me estaba dedicando a chafardear dentro de todos los armarios que no estaban cerrados con llave. Encontré el libro del brujo. Bueno en realidad eran varios tratados de joyería y bisutería a base de metacrilato. Estaban entre unos veinte tratados de joyería, manualidades y cerámica, escritos en inglés y español. Desde el primer momento me llamó muchísimo la atención un libro de un tal Carles Codina, especializado en bisutería y joyería alternativa. Me quedé extasiado, pues de una manera muy gráfica y accesible para los profanos en la materia, enseñaba como hacer verdaderas piezas de joyería a partir de sencillos moldes y metacrilato de colores.
        Lo que más me llamó la atención fue lo sencillo que resultaba introducir objetos y otros elementos dentro de la resina de metacrilato, quedando atrapados como los insectos dentro del ámbar. Desde ese momento, para poder realizar una prueba, tan solo tenía que conseguir encontrar los dos componentes que al juntarse formaban la resina.
        El problema lo tenía con los materiales, pues absolutamente todos los botes y paquetes estaban identificados con un código, que se me hacía totalmente ininteligible. -Si al menos pudiese encontrar un listado con los códigos y el producto al que corresponden.- Pensaba. A falta de otras opciones me dediqué a copiar y tomar notas de todo lo que pude del libro.
        El viernes me armé de valor, y tragándome el orgullo, salí unos minutos antes de la hora del descanso y me presenté en el puesto de trabajo de Andrea, pidiéndole una reunión con el comité de empresa para después del almuerzo.
        A las dos del mediodía, después de comer, estábamos los dos en el despacho sindical de la empresa. -Bien, tú me dirás.- Dijo Andrea mientras tomaba asiento detrás de una de las mesas.
        -A ver… Después de todo el show que montasteis, ya me tenéis en la maldita sección.- Dije muy serio. -¿Por qué nadie se ha tomado la molestia de contarme qué diablos hago allí?- Pregunté molesto. -Llevo una semana metido en ese agujero y nadie me ha dicho cuál es mi trabajo o que se espera que haga.-
        -Esas son las ordenes de los técnicos Makoto y Kaede. No quieren que nadie te influya o te expongan a malos hábitos de trabajo.- Contestó la presidenta del comité de empresa.
        -Perfecto.- Dije yo con evidentes síntomas de discrepar de esa opinión. -¿Y cuándo se dignaran a aparecer por la sección?- Pregunté molesto.
        -Tenían que llegar hoy, pero igual hasta el lunes no aparecen.- Dijo sin darle mayor importancia.
        -Y mientras tanto ¿Qué hago?- Pregunté poniendo cara de desespero.
        -No sé. Si no tienes nada que hacer, limpia y ordena tu sección.- Dijo riéndose. -¿No es eso lo que se hace cuando no tienes nada que hacer?- Añadió.
        Y así, sin haber resuelto ninguna de mis dudas existenciales, regresé a la “sección secreta” con la firme determinación que, puesto que la empresa estaba dispuesta a pagar mi salario por no hacer absolutamente nada, haría “NADA” lo mejor que pudiese hasta las cinco de la tarde.
        A las cinco y media, regresaba a Palamós con mi carpeta de apuntes en el asiento del copiloto. Al llegar a casa, descubrí a Martin esperando tres puertas más al oeste. Al verme entrar por el portal de casa, se acercó: -Vaya, menuda guarida te has montado aquí.- Dijo acercándoseme mientras yo empezaba a cerrar el portal metálico. No pude evitar el mirarle de reojo la incipiente calva que se le estaba generando a tres centímetros sobre las orejas. Me iba a costar mucho el no sacar ese tema en la conversación. Tenía la esperanza que al final acabaría sacando el tema él, para así poder hablar libremente sobre la calvicie y sus tratamientos, porque si hablaba yo de su calvicie, tenía la sensación de estar cometiendo algo muy irreverente y de mal gusto.
        -La casa es de mi madre.- Dije intentando justificar alguna cosa y sacarme el concepto calvicie de mis pensamientos más urgentes. -Aunque la casa no es gran cosa, le pago un buen alquiler. Tiene a su favor que en un salto estas en la playa o en el paseo marítimo, y eso en verano es de agradecer.-
        -Por lo que veo, aun trabajas con los “japos”.- Dijo Martin refiriéndose a mi uniforme gris.
         -Sí, pero no sé si será por mucho tiempo.- Contesté pensando en la posibilidad real de que el día menos pensado me largase por piernas de esa empresa que tantos disgustos me estaba proporcionando últimamente.
        -Pues no está el patio como para perder el trabajo en estos momentos.- Dijo mi amigo mientras entrabamos en casa.
        -¿Café o alguna cosa más fuerte?- Le pregunté.
        -¿Qué tienes a parte del café?- Dijo riéndose.
        -Sírvete tú mismo.- Le dije abriendo la licorera de la alacena. -En el congelador hay hielo y la nevera hay limonada y tónica.- Añadí mientras me dirigía a mi habitación para cambiarme.
        -¿Qué quieres tomar tú?- Oí que me preguntaba Martin, mientras me ponía la camiseta de manga corta.
        -Me apetece un café con un poco de ron, ahora preparo una cafetera.- Dije mientras buscaba las chancletas por debajo de la mesa del comedor.
        Diez minutos después nos acomodamos en las tumbonas, debajo del enorme almendro que protegía el patio de los intensos rayos de sol de media tarde. Hacía calor, pero la ligera brisa que llegaba desde la playa creaba un microclima muy agradable a la sombra del frondoso árbol. Le pregunte a mi amigo que tal funcionaba trabajando a doble turno y con esos horarios tan desajustados. Lo tenía muy bien montado: a las seis cuando salía del PACHA se ponía a dormir hasta la una del mediodía, dejando que se acumulasen las incidencias de su trabajo como reparador de alarmas en los mensajes de texto de su teléfono móvil y el dispositivo “busca personas”. Entre la una y las cinco se desplazaba a las direcciones que habían denunciado algún problema y solucionaba todas las averías que no necesitasen recambios específicos. El resto de percances los incluía en un informe que enviaba a la central cada tres días, reparándolos el día que la empresa le enviaba las piezas de recambio. Por lo visto si no permitía que se le acumulasen las incidencias de una semana a la otra tenía una o dos tardes libres a la semana.
        -¿Y los dejas sin alarma si la avería es grave?- Pregunté un poco contrariado. -Es que no creo que les haga ninguna gracia tener que quedarse sin la tranquilidad que, en teoría, proporciona el tener un trasto de esos en casa.-
        -Tengo unos treinta aparatos de repuesto.- Dijo. -Según la empresa no es habitual que puedan averiarse más de esa cantidad en una semana.-
        -Vamos que lo tienes todo calculado al milímetro.- Dije con el total convencimiento de que en el momento menos pensado, este tipo de historias cogidas con pinzas se van al garete.
        -En realidad lo que más me agobia es el estudio donde me alojo. Está de cara al sol de mediodía y el calor es insoportable a partir de las diez de la mañana.- Se quejó, confirmándome lo que yo me temía.
        -Pues el verano acaba de empezar, por lo que dices en agosto será insufrible.- Añadí mostrando mi preocupación.
        -Nada que no arreglen un par de ventiladores.- Dijo Martin riéndose. Mientras, yo me lo imaginaba durmiendo a las nueve de la mañana con todas las viejecitas y señoras de su casa de los pisos aledaños, viendo la tele o escuchando Radio Tele Taxi a todo volumen, tal y como sucede en todos los bloques de pisos dormitorio del extrarradio. En fin, tarde o temprano acabaría enterándome si estaba en lo cierto o no con lo que estaba pensando en ese momento.
        Después de un par de gin-tonics y dos carajillos le enseñe mi taller de apoyo a Dragg Issis, mientras preparaba el conjunto que llevaría esa noche.
         -Joder, ya me gustaría a mí tener un chiringuito como este para hacerle los arreglos a “La Sabrosona”.- Dijo flipando con el doble taller que tenía montado en esa habitación. Mientras, me complacía siendo el objeto de su envidia.
        -Por cierto… ¿Estas con alguien?- Le pregunté interesándome por su vida amorosa.
        -¿Con estas pintas?- Dijo señalándose la cabeza, demostrándome la inseguridad que le producía la alopecia prematura que estaba sufriendo. -Solo los ligues que consigo en la discoteca… sexo rápido y breve, vamos.- No supe que contestarle, Martin siempre había sido un romántico de manual, de sus dos únicas parejas, la que menos, le había durado cinco años. Él siempre había criticado a los aficionados al “cruising” y a los consumidores de cuarto oscuro y saunas como grandes degenerados o viciosos. El verlo ahora usando como única salida emocional eso que tanto le desagradaba, hacía que me diese cuenta de lo cerca que debía de estar de tocar fondo.
        A las siete y media mi amigo se despidió. Tenía hasta las nueve para prepararse para esa noche, pues era viernes y nos tocaba estar todas las Draggs juntas en versión fin de semana. Quedamos en que el sábado si se lo podía organizar con el trabajo iríamos un ratito a la playa a eso de las cinco. Para no quemarnos excesivamente con el sol, vamos.
        Treinta minutos después llegó Darío. La verdad era que para estar trabajando también a doble turno se lo veía bastante fresco, aunque claro, a diferencia de Martin, mi chico podía dormir nueve horas cada día. Un beso y un buen trago de Coca-Cola después, nos contamos como nos había ido la jornada mientras yo colocaba el gran petate con los trastos de Dragg Issis en el coche y el rubiales se ponía guapísimo para ser la estrella gay de la barra de Tatiana.
        El primer viernes de Julio no pasó a la historia por el gran aforo que hubo en la discoteca: El doble de la gente habitual de invierno, la mayoría franceses e ingleses. Aun y así, podíamos alegrarnos de ser el único local que estaba trabajando moderadamente bien, pues el resto de clubs de noche no hacían caja ni para pagar al personal. Un muy mal mes de julio.
        Entre las tres hacíamos un muy buen equipo de Draggs, complementadas y sin solaparse ninguna sobre la otra. Tenía la sensación de que ese verano no tendríamos problemas parecidos a los que tuvimos el año anterior con Verónica S3 y la Panter Rosa. Aunque quizás tendríamos otro tipo de problemas… me exclamó muchísimo el gran cambio de personalidad que vi en Martin. Lo pillé dos veces en el camerino, con la excusa de cambiarse de ropa, follando con tres franceses en plan aquí te pillo aquí te mato. El sexo en si no tendría nada de especial, quien más o menos se había montado un homenaje en el camerino o en el office de las barras. Lo que verdaderamente me preocupaba, era que en las dos ocasiones, además del sexo desenfrenado, se estaban metiendo cocaína, y no poca. -¿Estaría Martin bajando a los infiernos de la droga y el sexo por culpa de un ataque de vejez prematura? ¿Cómo podía haber cambiado tanto alguien en tan poco tiempo?- Esperaba que esa situación no se saliese de madre y acabase afectándome como sucedió con Julio.
        Me tranquilizaba bastante el buen rollo que había entre Martin y Markus. El jefe de seguridad no solía dejar que las cosas se desmadrasen mucho, y más después del show que protagonizó Verónica S3 en fin de año. Show del que aún le quedaban marcas de cicatriz en la cara.
        Dejando a un lado todo eso, y a pesar de tener las pupilas como platos soperos, “La Sabrosona” hizo una muy respetable actuación del “Go Away” de Gloria Stefan. Y yo regresé mucho más tranquilo a casa… hasta que le comenté lo sucedido a Darío.
        -No me digas que no te habías enterado de eso.- Dijo en tono burlón. Mientras descargaba el petate del coche.
        -¿Qué quieres decir? ¿Qué hay más gente que se mete esa mierda en la discoteca?- Pregunté escandalizado.
        -Pero si las tapas de los inodoros se usan más para preparar rayas de farlopa que para mear.- Insistió Darío dándome a entender que estaba más al tanto de lo que sucedía en la discoteca que yo.
        -¿Y tú sabes quién es el camello que pasa la cocaína?- Pregunté con cara de desespero.
        -En realidad nadie lo sabe, y los clientes que la compran se guardan mucho de decírtelo.- Contestó mi chico.
        -Esto es un desastre.- Dije yo. -Ahora que la discoteca había remontado y se está llenando cada fin de semana.- Añadí preocupado.
        -No me puedo creer que con lo maduro que eres para otras cosas en este tema seas tan inocente.- Me recriminó Darío. -El único motivo por el que el PACHA se llena hasta la bandera es porque la cocaína y las pastillas rulan por todos los rincones.- Añadió mirándome fija y desafiantemente a los ojos.
        -No puede ser que el Sr. Roure esté permitiendo que se trafique en su local.- Dije horrorizado.
        -Quizás no quiere enterarse de nada o quizás es el principal interesado en el tráfico de drogas.- Dijo mi chico con tono sarcástico. -Por lo poco que sé, nuestro jefe ni es un pardillo ni un santo novicio.- Sentenció. Y aunque me estaba jodiendo el reconocerlo, ese chavalín rubio tenía razón. En mi mente me había hecho una fantasía onírica sobre la relación de mi personaje con el local donde actuaba, imaginándomelo inmaculado y perfecto, lo único sucio que podía admitir era el sexo y el alcohol, los dos quizás en exceso. De golpe estaba despertando de ese sueño a una asquerosa realidad rellena de drogas, tráfico y que vete tú a saber cuánta mierda más escondía.
        No podía dormir. Llevaba casi una hora dándole vueltas a ese tema. Maldije a Darío por haberme abierto los ojos a esa repugnante realidad. Lo odiaba, porque ese chico rubio después de soltarme esa bomba podía dormir tan tranquilamente a mi lado. -Deja de murmurar.- Dijo medio dormido.
        -Perdona, no puedo dormir.- Le dije disculpándome.
        -Fóllame.- Dijo.
        -¿Co…Como?- Pregunté desconcertado.
        -Que me la metas por el culo hasta que te corras. Correrse es lo mejor cuando no puedes dormir.- Dijo empezando a masturbarme.


        Posdata:
        No hay nada como el sexo para combatir el insomnio por estrés.




viernes, 12 de enero de 2018

MEMORIAS DE UNA DRAGG QUEEN DE PUEBLO. (Playa, revelaciones transcendentales y crema de protección factor sesenta )

PLAYA, REVELACIONES TRANSCENDENTALES Y CREMA DE PROTECCION FACTOR SESENTA.

        El domingo dos de julio me desperté más o menos a las dos del mediodía. Habíamos puesto el despertador a las tres (por si acaso), con la intención de irnos recién levantados a la fiesta de cumpleaños que Miquel y Thomas habían organizado en la playa. Como tan solo se trataba de cruzar la calle y plantarnos en el paseo marítimo, había suficiente con ponernos el bañador, coger la toalla, la bolsa con el regalo de Miquel y la crema protectora factor diez millones (con lo blancos de piel que éramos los dos, era lo mínimo que necesitábamos a esa hora para no quedar como dos gambas achicharradas) antes de salir.
        Darío dormía a pierna suelta. No lo desperté. Era la primera vez en su vida que trabajaba a destajo, y en dos empresas a la vez. Estaba convencido de que debía de estar rendido, aunque me sentía muy orgulloso de él.
        Tranquilamente, preparé café y mientras se hacía, salí un ratito a la terraza. Descubrí con horror que tenía completamente descuidado mi huertecito urbano. La mitad de lo que tenía plantado estaba completamente mustio. Digo mustio para no decir que empezaba a tener la consistencia deshidratada del tabaco de los puros habanos. Me afané en regar mi pequeño huerto con la esperanza de poder salvar mi plantación al rehidratarse un poco.
        Después, pausadamente me preparé una taza de café y procedí a tomármela tranquilamente, estirado sobre una de las tumbonas. Hacía demasiado calor y me estaba achicharrando, así que moví la tumbona hacia la sombra del enorme almendro que cubría gran parte del patio. -¡Dios! Cuanto estrés por una puta taza de café.- Pensé.
        Ya más relajado, recordé la conversación de la noche anterior con Martin. Se me hacía muy difícil de entender que, después de lo que habíamos vivido juntos cuando trabajábamos de camareros y recogedores vasos en los Pubs y discotecas de Ampuriabrava, mi amigo no me considerase lo suficientemente confiable como para acudir a mí en busca de ayuda cuando tuvo problemas. Y más aún cuando yo lo tenía entre las pocas personas que consideraba amigos de verdad.
        Bien… Paremos un momento. Llegados a este punto creo que haría falta que os explicase mi definición de “Amigo de Verdad”. Desde siempre he creído que ese concepto solo se podría usar con conocidos o allegados a los que les podrías pedir dinero, con el total convencimiento de que te lo dejarían sin pedirte ninguna explicación, ni intentarían imponerte condiciones. Obviamente, con Martin, yo habría estado dispuesto a ayudarlo económicamente (por lo menos en lo que mis posibilidades me permitiesen).
        Y claro, partiendo de lo que había sucedido y de la poca confianza que yo le merecía, me aliviaba muchísimo la idea de que, en realidad el que hubiese tenido problemas económicos fuese él. Porque en ese momento ya no tenía tan claro si yo eran tan “Amigo de Verdad” suyo como él lo era de mí. Tenía la sensación de que si el que hubiese necesitado su ayuda hubiese sido yo, me habría llevado una gran decepción. -¡Mierda!- Pensé.
        En ese momento oí el bramido del despertador. Me acerqué a la habitación con un par de bañadores en la mano, ofreciéndoselos desde la puerta a mi chico recién despertado, para que eligiese entre el de color rojo y blanco y el de color negro y violeta. -Elije uno, que nos vamos a la playa.- Le dije.
        -¿Es obligatorio?- Pregunto muy perezoso.
        -Venga… que nos vamos a divertir.- Dije intentando animarlo.
        Diez minutos después nos plantábamos en el paseo marítimo. Toda la troupe ya había tomado posesión de nuestra parcela habitual de la playa. Playa que por cierto, estaba petada de familias, niños, guiris y toda la fauna habitual de los domingos de verano.
        El grupo se había organizado alrededor de tres neveras de playa que contenían refrescos, vino blanco, rosado, cava, ginebra, wiski y mucho hielo. Al lado, bajo la sombra de tres sombrillas y protegidos de las moscas por una especie de cubículo de tela mosquitera, había un surtido de pollo al “ast”, carne a la barbacoa, patatas fritas, quetxup y mayonesa. Curiosamente, todos comían con platos de porcelana cuadrados y bebían de copas de cristal fino: de globo para gin-tonics y vino blanco, vasos cortos para wiski y vino negro, vasos de tubo para otros combinados y refrescos y finalmente copas de aguja para el cava. Pude ver detrás de la sombrilla donde Miquel y Thomas se escondían del sol del mediodía, un enorme arcón de transporte de donde sacaban toda la vajilla que estábamos usando. La situación me pareció genial y digna de una maricona glamurosa como era mi amigo.
        Estaban todos, El Fede, “La Cuca”, los camareros del ANARKO, Lola, Lidia, Nuria, antiguos compañeros de Miquel del POMELO’S, novios (actuales y pasados) de todos los presentes y por supuesto, Darío y yo.
        Tenían puesta una música en plan Chill-Out tranquilita, que permitía hablar y no molestaba al resto de la gente. Todo ello situado lo suficientemente alejado de las duchas y las zonas de juegos de los niños para no acabar comiéndonos la carne aderezada de arena. La sorpresa me la llevé diez minutos después de instalarnos. Sin previo aviso, llegaron Álvaro y Klaus-Hiro. -¡Fantástico! Ni durante el fin de semana me podré librar del trabajo de la empresa multinacional.- Pensé abrumado. Obviamente, como llegaron los últimos detrás de nosotros, instalaron sus toallas justito a nuestro lado.
        Por suerte y para mi alivio, la conversación no trató en ningún momento de temas de la empresa multinacional japonesa, al menos por lo que se refería a mí. Mientras devorábamos las salchichas y un buen cacho de pollo asado, todo ello regado de buen vino blanco y cava en copas de aguja de cristal, el japonés y mi expareja, simplemente me ignoraron, dedicando toda su conversación a Thomas. Por lo demás, la fiesta era como si una de las barbacoas de casa se hubiese desplazado hasta la playa. La gente, cuando pasaba caminando o paseando a los niños mientras esperaban el tiempo reglamentario de digestión para poder volver al agua, se nos quedaba mirando sorprendidos por el sarao que estábamos montando. Sin duda alguna estábamos dando un espectáculo entre surrealista y decadente al sustituir los platos de plástico con la típica tortilla y las latas bebidas a morro por platos de porcelana cuadrados y copas de cristal de diseño. El súmmum llegó a la hora de los postres, porque no tengo ni idea de donde salió una tarta enorme de cumpleaños, con veintisiete velas encendidas. Tal y como era de esperar todos le cantamos el cumpleaños feliz mientras Miquel apagaba las velas de un soplido y después entre cava, tarta y cafés servidos directamente del POMELO’S, mi amigo fue abriendo todos los regalos que le íbamos dando. Llegó un punto en el que creo que la mitad de la gente de la playa nos sacaba fotos creyendo que éramos un grupillo de famosos excéntricos o una troupe de teatro haciendo una performance.
        El resto de la tarde la pasamos entre chapoteos en el mar, crema de protección factor sesenta, chupitos, cubatas y gin-tonics. Me tenía muy desconcertado el hecho de que ni Álvaro ni Klaus-Hiro no me hiciesen en ningún momento ninguna mención al nuevo departamento de la empresa al que me habían asignado. La verdad era que estaban muchísimo más interesados en Miquel y Thomas. Bueno, en realidad muchísimo más interesados en lo que el americano les contaba que en las pocas aportaciones que mi mariquita amigo pudiese añadir a la conversación. -¿Podría ser que esos dos no hubiesen venido a la fiesta para amárgamela a mí, sino por Miquel y su pareja?- Pensé. -De hecho ellos los habían invitado y, seamos francos, era la fiesta del cumpleaños de Miquel.-
        Justo en ese momento tuve otra gran revelación: -¡Despierta estúpido! El mundo no gira a un palmo alrededor de tu ombligo.-  Oí que le gritaba mi subconsciente a mi cerebro. De repente tuve la sensación de que ese pensamiento me volvía a poner de nuevo con los pies en la tierra, que por cierto, buena falta me estaba haciendo en ese momento.
        Tal y como ya me había pasado en otras ocasiones, mis recelos me estaban llevando a la paranoia, pues ya estaba empezando a creer de nuevo que los intereses de la gente que me rodeaba eran una gran conspiración en la que de un modo u otro yo saldría perjudicado. -No es un reto ni un castigo, es una oportunidad.- Las palabras de Hikaru Yamahaka retumbaban como un eco lejano en mi cabeza, luchando contra mi habitual inseguridad y desconfianza hacia todos aquellos que por un motivo u otro me habían decepcionado con su deslealtad.
        A partir de las cinco de la tarde, los que participaban en el cumpleaños, empezaron a ir marchándose. Primero se fueron todos los que trabajaban en tiendas y locales de cara al público, es decir, Lola, el Fede y varios más. Es lo que tiene trabajar en una localidad turística, que los días de fiesta tienes que abrir el negocio si o si.
        “La Cuca “, los demás camareros del ANARKO y del POMELO’S fueron desfilando directitos al curro una hora más tarde. Y a las siete nos despedíamos Darío y yo, quedando en la playa Thomas, Miquel, Álvaro, Klaus-Hiro, Lidia, Nuria y tres chicos que solo conocía de vista.
        Tranquilamente fuimos paseando hasta casa, donde nos dimos una ducha antológica y nos embadurnamos de crema aftersun. Darío se puso monísimo y a eso de las ocho y media lo llevé a trabajar al PACHA.
        Mientras acompañaba a mi chico hasta la puerta del local, llegó Martin, transformado ya en “La Sabrosona”, luciendo su peluca de color caoba de pelo natural y ataviado con un conjunto de Salsa-Dragg en colores amarillos y rosas.
        Mientras Darío y los demás camareros hacían la preparación de sus barras cortando limón, naranja y otras frutas, “La Sabrosona” y yo nos tomamos unos chupitos mientras hacíamos tiempo para dejar que Juan se transformase en Dragg Essencia. Hablamos de lo bien que nos lo habíamos pasado cuando compartíamos barra en la discoteca COCONUTE de Ampuriabrava.
        Le pasé mi número de teléfono y Martin me dio el de su teléfono móvil, quedando en que nos llamaríamos algún día entresemana para quedar y tomar un café o un gin-tonic a media tarde.
        Me gustó la idea de recuperar la relación de amistad que tenía con Martin. Teniendo en cuenta que acababa de perder a Miquel al irse de nuevo a Los Ángeles. En ese momento él era quizás mi único amigo y confidente, pues en un par o tres meses, la segunda persona con la que tenía más confianza se pondría de parto y sin duda tendría cosas más importantes a hacer que escuchar y dar consejos a un gay afectado de paranoias y manías persecutorias.
        Además estando como estaba, totalmente a la defensiva con Álvaro y Klaus, el poder disponer de nuevo de la amistad de Martin, me proporcionaba una sensación de tranquilidad y seguridad muy reconfortante. Claro que al leer esto os preguntareis: -¿Qué tipo de relación tenías con Darío, si no lo incluías entre tus amigos de confianza?- Y la respuesta era tan simple como demoledora: era mi pareja. Única y exclusivamente mi pareja sentimental y sexual. Y curiosamente esa parecía ser la fórmula para que nuestra relación funcionase, al menos por mi parte. Al no tratarse de una historia basada en la pasión desbocada de dos personas que se han buscado desesperadamente hasta encontrarse, sino más bien en dos almas atormentadas, asqueadas de los amantes y sus promesas incumplidas de amor pasional, nos permitía centrarnos en el día a día de manera tranquila y sosegada, sin la necesidad de grandes demostraciones sentimentales excesivamente épicas y teatrales. En ese punto de mi vida el cariño y, como no, el sexo que me ofrecía Darío eran suficiente para mí, y por lo que parecía también para él.
        Entenderéis entonces que tomase la decisión de aprovechar el verano para fortalecer mi relación de amistad con mi antiguo compañero de empleos y aventuras, pues el destino me lo había vuelto a poner a mano.


        Posdata:
        Como jode que tus mejores amigos pasen a serlo entre ellos y te dejen de lado.



domingo, 7 de enero de 2018

MEMORIAS DE UNA DRAGG QUEEN DE PUEBLO. (Encargados homofóbicos, Martin y "La Sabrosona" )

ENCARGADOS HOMOFÓBICOS, MARTIN Y “LA SABROSONA”.

        Después de lo acontecido el miércoles y el jueves en la empresa multinacional donde trabajaba entresemana, en la sección “secreta” (el nombrecito tiene coña pero cinco años después, cuando cerraron la empresa definitivamente, todo el mundo aun la llamaba así), el viernes me lo pasé encerrado y leyendo todo lo que pude encontrar sobre cómo trabajar el metacrilato. Dejando de lado todo lo demás, en ese momento, eso, era lo único que me interesaba del nuevo puesto.
        Tenía a mi disposición tres ordenadores con lo mejorcito en programación y conexión a internet del momento. Teniendo en cuenta la poca disponibilidad de las dos cosas para el común de los mortales en 1995 eso era todo un lujazo. Solo había un problema: yo era un perfecto negado a la hora de utilizar ese tipo de tecnología. Tardé casi tres meses, después de las vacaciones de verano, en conseguir abrir el programa del Word para poder escribir un documento. Y aun así, tenía que estar continuamente molestando y preguntando a quien tuviese cerca con conocimientos de informática para que me descolgase el ordenador, pues cada dos por tres no hacia lo que yo deseaba. Llegó un momento en el que todo el mundo de oficinas al verme, huía, básicamente no les apetecía lo más mínimo tener que contarme por enésima vez como arreglar los mismos estropicios informáticos.
        Aunque el lema de la empresa era “Ya ira aprendiendo a medida que vaya usándolo”, pronto se arrepintieron de no haberme pagado un curso intensivo de iniciación al uso del programa Windows y el Word.
        Pero de ese tema ya hablaré extensamente en otro episodio.
        Era viernes 30 de junio y yo estaba preocupado, pues Martin empezaría a trabajar con nosotros en el PACHA la noche siguiente y yo no tenía noticias suyas. Ni una triste llamada o simplemente el pasarse por la discoteca a saludar.
        Durante el paseíllo promocional constatamos que la crisis debía de estar remitiendo, pues había muchísima gente de fin de semana para ser un viernes. Ya se empezaban a ver grupillos de italianos, ingleses y alemanes. Ello se notó cuando nos dispusimos a ir a cenar al NAPOLI’S, pues estaba petado de guiris, y nadie se había encargado de reservarnos ni tan siquiera la mesa que estaba al lado de los lavabos. Éramos siete: Dragg Essencia, Darío, los dos seguratas, el stripper, Irene y Dragg Issis. El encargado, que por cierto, desde siempre había tenido cierta animadversión por nosotros, nos dijo que si queríamos comer allí tendríamos que esperar al turno de las doce como el resto de los clientes.
        Nos pilló totalmente por sorpresa, pues a las doce empezaba la hora de los pubs, que era cuando más invitaciones y publicidad repartíamos. Propuse ir a comer un plato combinado al Bar Paco que quedaba cerca (que también era una franquicia del Sr. Roure) ya que allí siempre nos trataban superbién. Y sobre todo, y ahí es donde le haría daño al encargado del NAPOLI’S, decidimos repartir nuestra publicidad entre los clientes y no dejar nada de publicidad ni invitaciones sin sellar en la pizzería. Si nos iba a tratar con ese desprecio, pues que se fuese él personalmente a pedirle la publicidad al dueño. Más tarde, cuando regresásemos a la discoteca yo personalmente tendría una charla con el Sr. Roure.
        Y cuando llegamos de nuevo a las tres de la madrugada al PACHA, nos encontramos con la desagradable sorpresa de que el encargado del NAPOLI’S había llamado al Dueño para quejarse de que habíamos conspirado para dejarle sin su parte de las comisiones de las invitaciones repartidas en el local. Muy molesto por la actitud del encargado de la pizzería, me reuní con el Propietario para ponerlo al día del trato que nos llevaba dispensando ese individuo en los últimos meses, dejándole claro que si se nos obligaba a cenar de doce a una de la madrugada la publicidad se quedaría sin repartir y el principal damnificado por esa decisión sería la discoteca.
        Conocedor ya de todos los problemas que habían, el Sr. Roure se comprometió a hablar con el encargado del NAPOLI’S y tener una solución para la noche siguiente. Solventado este problema la noche transcurrió sin excesivas contrariedades. Dos stripteases y cuatro actuaciones de Dragg después nos encontramos todos desayunando en el Bar Paco a las seis de la mañana. María que se había estrenado oficialmente como coctelera de la barra Chill-Out de la terraza estaba eufórica y no hacía más que preguntarme una y otra vez cosas sobre los pormenores de mi nuevo trabajo en la fábrica (¿Que le iba a contar? si ni yo mismo sabia cuáles eran mis cometidos). En cuanto a Irene, estaba muy cabreada, pues no le hacía ninguna gracia el cambio a la barra de Tatiana.
        El sábado a las once de la mañana Miquel estaba aporreando la puerta de casa. -Un día de estos voy a matar a esa maldita maricona- Dijo Darío medio dormido.
        -¿Tu sabes que trabajamos de noche, verdad?- Le dije medio dormido a Miquel mientras le abría la puerta.
        -Claro, por eso somos tan considerados de venir a las once y no a las nueve de la mañana como realmente pensábamos hacer.- Dijo riéndose mientras entraba en tromba como solía hacer, seguido de Thomas, “La Cuca” y Nuria.
        -Traemos desayuno.- Dijo Nuria muy apurada y embarazadísima de casi siete meses mostrándome la bolsa de papel de la pastelería repleta de croissants.
        -¿Cómo está el pequeñín?- Le pregunté mientras ponía la mano sobre el enorme barrigón.
        -Creciendo y muy molestón, que casi no me deja dormir a consecuencia de las patadas que da por la noche.- Dijo riéndose mi amiga.
        Darío siguió durmiendo mientras yo me iba a desayunar con la pandilla. Él a las tres y media tenía que trabajar hasta las ocho en la peluquería, así que preferí dejar que descansase y estuviese fresco para la noche que le esperaba. Me puse el bañador tipo bermudas, una camiseta y unas chancletas, uniéndome al grupo en la terraza, cerrando las puertas para que si hacíamos ruido no despertásemos a mi novio.
        El desayuno en casa era una excusa para organizar la fiesta del cumpleaños de Miquel, que sería el día siguiente, el domingo vamos. En realidad cumplía los años el día cinco, pero como caía en día laborable para casi todos nosotros, lo había adelantado. Miquel y el americano ya lo tenían todo organizado y quedábamos todos convocados a las tres del medio día en la playa, donde organizaríamos un picnic playero. Me gustó la idea, porque así Darío podría participar en la fiesta, pues la peluquería de Josefina cerraba los domingos y los lunes.
        A la una del mediodía dimos por finalizada la reunión y cada cual se fue a su casa. Acto seguido, preparé un poco de pasta a la boloñesa para que mi chico comiese algo antes de irse a trabajar por la tarde, mientras esperaba hasta las dos para despertarlo.
        Más tarde, cuando Darío se fue a trabajar, yo aproveché para hacerme una siesta de un par de horas, para después ponerme en modo urgencia e irme a buscar a toda prisa un regalo adecuado para esa maricona mega locaza que era Miquel. Opté por gastarme un dineral en una camiseta súper fashion del LOLA’S.
        A las cinco y media, como hacia un día radiante de verano, me embadurné de crema de protección solar y me fui a bañarme y tomar el sol en la playa. Me planté en el sitio habitual donde nos solíamos poner todo el grupo y al ratito apareció paseando por la arena Nuria, que se sentó a mi lado, comiéndose un  helado de menta.
        -Es un antojo.- Dijo justificándose. -Desde que estoy embarazada solo me apetecen las cosas si las aderezo con menta.- Añadió. -Llega al extremo de tener que ponerle jarabe de menta al café o a la limonada.-
        Era la primera vez que una mujer me contaba que tenía un antojo como ese, y eso que había oído cosas rarísimas, por ejemplo a mi madre solo le apetecían alcachofas. Un recuerdo que tengo de mi infancia, de cuando mi madre estaba preñada de mi hermano pequeño, era que siempre cuando llegaba del mercado, aparecía una caja de alcachofas antes del enorme barrigón que precedía a mi mama. Mi tía por lo visto devoraba las latas de berberechos a decenas, y a mi vecina le dio por cogerle asco a los plátanos y solo apetecerle carne casi cruda.
        -Bueno, si te supone un problema, sabes que en un par de meses se solucionará.- Le dije haciendo broma de la situación.
        -Si en eso tienes razón.- Se reía. -¿Cómo has visto a Miquel y a Thomas?- Preguntó cambiando de tema.
        -Bien ¿No?- Dije sorprendido por esa pregunta.
         -Bueno… los documentos que necesita se están demorando en exceso y a Thomas empieza a agobiarle lo rural de la región.- Me comentó.
        -¿No me digas que están en casa de los padres de Miquel?- Pregunté poniendo cara de espanto.
        -No, están en un hotel de Sant Feliu de Guixols.- Contestó.
        -Entonces eso tiene fácil solución, que cojan los trastos y se vayan a un hotel del centro de Barcelona y veras que pronto se des-agobian con el ambiente gay que hay por ahí.- Dije con tonillo irónico.
        -Si, en eso tienes razón.- Dijo Nuria mientras nos reíamos los dos y ella se acababa el enorme cucurucho de menta.
        A las ocho, ya en casa, me di una buena ducha y la dosis correspondiente de After Sun. Colocando al rato los trastos de Dragg Issis en el coche. Poco después llegó Darío, que se afanó en ponerse monísimo para irnos juntos al PACHA.
        Por fin saldría de dudas, Martin empezaba a trabajar esa noche y lo más seguro es que nos pondríamos al día de lo que habíamos hecho durante todo ese año que no nos habíamos visto.
        A las nueve y diez llegó Martin, sorprendiéndome enormemente el ver que en un año y medio había perdido la mitad de su pelo, mostrando ya una incipiente calvicie, además, había engordado unos quince quilos. Aluciné, porque mientras se ponía un vestido de estilo samba, descubrí que no le hacía falta relleno en las tetas pues las tenía casi del mismo tamaño que Verónica S3. Si una cosa tenía a su favor era que cuando engordaba, la grasa no se le acumulaba en la barriga, sino en el culo, así que el vestido, las medias y los enormes zapatos de plataforma le sentaban divinamente. Una carísima peluca de pelo natural rizado en color caoba lo transformó en una versión Dragg de Regina Do Santos genial.
       Antes de salir a repartir publicidad, el Sr. Roure nos dio instrucciones de que a partir de ese día ya no estaríamos obligados a ir a cenar al NAPOLI’S. Tendríamos que repartirnos entre “La Yaya Pepa”, el Bar Paco y “La tasca Mora” que eran los únicos negocios de restauración del propietario cuyos encargados consideraban que nuestra presencia les hacía aumentar la clientela. Tuve la osadía de preguntarle al propietario si habría alguna represalia contra esos encargados si los resultados económicos de esos locales eran peores este año que el año pasado. No tenía ninguna intención de permitir que ese ataque de homofobia tan gratuito les saliese de balde.
        Obviamente “La Sabrosona”, ese era el nombre de guerra que había elegido Martin para su personaje Dragg, nos acompañó en todo el paseíllo promocional, y dado que nos considerábamos en pie de guerra contra ciertos locales del propietario, nos aseguramos de que todos los clientes que entraban en los restaurantes ya tuviesen encima invitaciones para el PACHA. Empezaríamos jodiéndoles donde más les dolía: en el bolsillo, al dejarlos con el mínimo de comisiones por invitaciones repartidas. Nos habíamos transformado en el Equipo de las Draggs Vengadoras, y nos sentíamos fantásticas.
        A las once nos fuimos a cenar a “La Tasca Mora”. Jaime, el encargado era un machito homofóbico del mismo estilo que el resto de encargados. Pero, su local quedaba fuera de todo el circuito nocturno del municipio, así que cualquier tipo de reclamo gratuito, fuese del estilo que fuese, lo agradecía como el agua de mayo. La cocina era típicamente española combinada con mucha barbacoa. La verdad era que se comía muy bien allí. Me hizo gracia el que se hubiese apuntado al sistema de Alfredo, animándonos a actuar para la clientela.
        A las doce y media, mientras recorríamos los pubs, Martin me contó que había tenido muchísimos problemas con la antigua compañía para la que trabajaba, ya que había acabado cerrando y debiéndole la nómina de varios meses. Después de un contencioso administrativo muy desagradable, consiguió recuperar algo de lo que le debían y ahora había encontrado un chollo como técnico de mantenimiento para otra compañía que parecía mucho más sería. Por lo visto le habían hecho responsable de una gran zona en los alrededores de la Costa Brava y le pagaban un pequeño estudio a las afueras de Palamós. Como las reparaciones de las averías se las podía organizar como mejor le fuese, siempre y cuando no pasasen más de ocho horas entre la notificación y la primera visita, esperaba poder hacer los dos oficios a la vez y recuperarse así un poco económicamente en verano.
        Por lo visto mientras esperaba la resolución del conflicto que tuvo con su exjefe, se encontraba en un punto en el que no podía cobrar el subsidio del paro, pues oficialmente no lo habían despedido, ni tampoco cobraba su nómina porque su jefe había desaparecido con todo el dinero de la empresa. Tuvo suerte de los trabajos esporádicos que le salieron como Dragg Queen y otros trapicheos para poder seguir pagando las facturas y comer. Me supo un poco mal que no tuviese la suficiente confianza en mí como para pedirme ayuda.
        Al regresar al PACHA con la limusina, pasamos por delante del LONDONER para ver que se cocía allí, vimos algo de gente en la puerta y dos Dragg Queens con muchas plumas y zapatones con plataforma que hablaban con los chicos de seguridad mientras fumaban. -Que pronto pondrán a esas petardas a hacer la calle.- Pensé, pues para ser casi las tres de la madrugada había muy poca gente intentando acceder al local. En cambio, en el PACHA la situación era la contraria, a esa hora había una cola larguísima para acceder al interior.
        Tenía la sensación de que ese año había muchísima más gente que el año anterior para las mismas fechas. -Quizás se ha acabado la crisis.- Pensé. -Aunque lo más probable es que el local se haya puesto de moda.- Y eso suponía un gran problema, pues las modas pasan con el tiempo y después, al final, no suele quedar absolutamente nada.
        Ese uno del mes de Julio volví a ver actuar a Martin. Tenía que reconocerlo, era el rey de la música latina. Y yo ya podía despedirme de volver a interpretar a Tina Turner, pues él la caracterizaba muchísimo mejor que yo. Tendría que buscarme nuevas canciones si no quería volver a repetir el mismo repertorio del año anterior… aunque, pensándolo bien, actuando solo los fines de semana, quizás podría sacarle jugo a lo mejorcito del año pasado (ensanchando la ropa, pues había engordado cinco kilos).


        Posdata:
        Como jode el descubrir que tu mejor amigo no te considera igual.



lunes, 11 de diciembre de 2017

MEMORIAS DE UNA DRAGG QUEEN DE PUEBLO. (Andrea, Dolores, secciones secretas y un japones de pelo azul llamado Makoto.2 )

ANDREA, DOLORES, SECCIONES SECRETAS Y UN JAPONES DE PELO AZUL LLAMADO MAKOTO.2 (Diccionarios, sueños y metacrilato)


        Parecía que el miércoles veintiocho de junio sería interminable. Después de un sinfín de despropósitos me encontraba en la nueva (y secreta) sección de la empresa. No tenía nada claro cuál era la finalidad de esa sección. Y aún tenía menos claro qué diablos pintaba yo allí, o que era lo que la empresa esperaba de mí, al forzar mi inclusión a ese extraño proyecto.
        El hecho de que estuviesen dándome la información con cuentagotas no ayudaba nada a tranquilizarme y, lejos de relajarme, lo que provocaba era que aflorasen en mi todos los fantasmas asociados a mi mala relación con los encargados y directivos de la empresa.
        Makoto siguió hasta la una del mediodía contándome todos los pormenores de la finalidad de la nueva sección. Yo tenía cierta dificultad para entender los detalles técnicos, pues mi nivel de inglés no llegaba hasta ese punto. Por lo que continuamente le pedía que me explicase las cosas como si le hablase con un niño de diez años (ese era el nivel de inglés que podía entender sin demasiada dificultad). La verdad era que se le veía totalmente convencido e involucrado en el proyecto… fuese cual fuese.
        Yo, quizás porque nunca he sido consumidor de arte, más bien todo lo contrario (siempre me he considerado un buen artesano, un creador o un artista), me resultaba muy difícil el entender que alguien pudiese pagar las fortunas que pretendían cobrar por unos aparatos de fabricación en serie a los que se les aplicaban esas modificaciones “artísticas”, diseñadas y pensadas tal y como las veía en las fotos y proyectos que se repartían por todas las paredes del local.
        En ese momento mi imaginación iba por libre y ya me estaba viendo poniéndole pelo de vaca a un teléfono móvil o a la carcasa de la pantalla de un ordenador. Porque… siendo claros, yo no veía al japonés ni a la chica cogiendo con sus manitas de “pijo” universitario las herramientas necesarias para montar o realizar ninguna de las modificaciones que tenían planeadas para los aparatos que fabricábamos en la empresa. -Veras que te tocara ser la chica para todo de este par de cretinos.- Pensaba mientras Makoto y yo nos íbamos dirección al comedor de la empresa a la una y media.
        Durante el almuerzo pregunté por Kaede, la chica japonesa, a mi interlocutor de pelo azul. Por lo visto había salido de urgencia dirección a Londres para participar en un exclusivísimo evento que se había organizado para una selectísima clientela (básicamente los hijos mega pijos de millonarios americanos y europeos) en un establecimiento del Soho londinense. Su idea era introducir algunos de los productos que ya tenían desarrollados y conseguir crear la necesidad de conseguirlos entre ese segmento de la población VIP.
        La sorpresa me la llevé cuando le pregunté a qué tipo de aparatos se refería cuando hablaba de “prototipos”. Para entonces estábamos tomando el café en la sección “secreta” (si, la sección era tan elitista, que tenían incluso una cafetera propia, de esas de una carga al estilo de las de cafetería o bar) y casi me caigo de la silla cuando de una especie de caja fuerte me sacó una bandeja metálica con cinco teléfonos móviles sujetados entre algodones.
        Hasta ese momento solo había visto aparatos de color negro baquelita, con algún ribete metálico y poca cosa más. Esos teléfonos que me mostraba eran geniales, había uno con la carcasa estampada con lo que parecía piel de leopardo, otro completamente blanco nacarado, habían dos de dorados con incrustaciones de cristal de swarovski: en uno, los cristales hacían un mosaico con la bandera americana y en el otro con la bandera inglesa, y después, el que me pareció más genial de todos, con la carcasa recubierta de cristalitos al estilo de las bolas de luces de colores de las discotecas.
        Yo en ese momento no tenía teléfono móvil, ni entraba en mis planes inmediatos el conseguir uno, pero al ver esos aparatos sentí la necesidad imperiosa de poseer una maravilla como esa. No era que de repente descubriese en ese aparato un instrumento necesario para comunicarme con el resto del mundo… para nada. Mi cerebro lo procesaba como una joya para ser exhibida y mostrada en todas las fiestas y saraos a los que asistiese Dragg Issis. El que se pudiese usar como herramienta de comunicación pasaba a ser algo totalmente secundario. 
        De repente me descubrí a mí mismo interesadísimo por todo lo que pudiese ofrecerme esa sección. Sección a la que oficialmente acababa de entregarle mi alma (como quien se la entrega al diablo) y sinceramente ya me importaba un pimiento la incompetencia de los directivos, la viabilidad del proyecto o lo que pintaba realmente yo allí: solo quería aprender cómo hacer maravillas como esas que brillaban en la bandeja metálica rodeadas de algodón.
     Cuando me quise dar cuenta ya eran las cinco y media. Las tres horas de la tarde habían pasado tan rápido que ni tan siquiera me percaté de que Makoto se había ido hacia una hora. Como me costaba muchísimo entender las especificaciones técnicas del proyecto me llevé a casa toda la información que creí relevante. Creía que, posiblemente, si tenía a mano el diccionario traductor de inglés conseguía entender mejor los datos que me aportaban esos papeles.
       A las ocho y media, cuando llegó Darío, me encontró (de nuevo) con la mesa del comedor llena de papeles y el diccionario de inglés-español en la mano.
        -Vaya… ¿Otra carta del japonés muerto?- Preguntó con cierta sorna.
        -No, que va, esto es del trabajo.- Dije mientras mi chico ponía una cara como de muy extrañado.
        -¿Desde cuándo te traes trabajo a casa?- Preguntó preocupado. -Creía que no querías responsabilidades- Añadió. -Como siempre dices que en esa empresa si te hacen hacer alguna cosa que está por encima de lo que declaras en tu currículum seguro que se trata de una trampa.- Sus palabras me recordaron uno de los pilares fundamentales de mi propia filosofía versus directivos y jefezuelos.
        -En realidad estoy buscando la forma de hacer esto.- Le dije mientras le mostraba una fotografía en la que aparecían tres de los cinco maravillosos teléfonos móviles.
        -Hala, que pasada.- Exclamó al ver las piezas que llevaban trastocando todo mi equilibrio mental desde el mediodía. -Como lo hacen para que parezca de oro.- Preguntó mi amante rubio extrañadísimo.
        -Es lo que estoy buscando como un loco por estos dosieres.- Dije. -Se supone que entre estos papeles están las especificaciones con las instrucciones para hacer estas joyas.- Empezaba a estar demasiado alterado. -Pero por ahora solo he encontrado dosieres técnicos y formulas publicitarias.-
        -Como veo que no vas a ayudarme a preparar la cena… ¿Qué te parece si me voy a por un menú del restaurante chino?- Propuso Darío.
        -Pues me parece una idea excelente cariño.- Y su viaje hasta el chino me daría la media hora que me faltaba para repasar el ultimo dosier que quedaba sobre la mesa.
        Justo dentro de uno de los carpetanos del último dosier lo encontré. Había unas quince fichas técnicas referentes a los teléfonos móviles. Dejando aparte todas las especificaciones técnicas sobre la tecnología interna que era común en los miles de millones de aparatos que había en el mercado, me centré en buscar cómo diablos habían creado esas carcasas tan geniales. Al final lo encontré.
        Trabajaban con unos moldes plásticos realizados a partir de las carcasas originales de bakelita, sustituyéndola por resinas de metacrilato transparentes mezcladas con pigmentos y otros materiales que les acababan dando ese acabado tan personalísimo, puliéndolos hasta conseguir ese aspecto de joya. La información que daban las fichas técnicas era muy limitada: no ponía nada sobre el tratamiento de esa resina sintética ni cuáles eran los procedimientos técnicos a seguir para, por ejemplo, incluir en su interior los miles de cristalitos de bola de discoteca.
        Ya tenía un objetivo para los próximos días, lograr el máximo de información sobre esa técnica.
         Sin duda alguna a la mañana siguiente o el viernes tendría que tener una reunión con personal. La burocracia es la burocracia y los lacayos de Vanessa necesitarían constancia por escrito de mi aceptación del nuevo puesto.
        Justo en ese momento llego Darío del restaurante con el avituallamiento para cenar. Yo estaba eufórico y en un arrebato, me dio por abrir una botella de cava que había quedado en la nevera de la última barbacoa. -Mmmh… Comida china y cava… ¿Porque no?- Dijo mi chico riéndose. -¿Me contaras de que va toda esa movida de los teléfonos móviles?- añadió mientras repartíamos los paquetes con el logo del Restaurante “La Gran Muralla” por la mesa.
        -Si te soy sincero, aun no tengo ni idea de cuál es mi sitio en toda esta historia de los teléfonos inalámbricos exclusivos. Y la verdad es que me importa un bledo. Lo único que me interesa es este nuevo material que acabo de descubrir que es genial y me permitirá reinventar por completo a Dragg Issis.- Le contaba mientras le daba un bocado a un rollo de primavera empapado en salsa agridulce. Y mientras devorábamos el pato laqueado y la ternera con setas y bambú le conté a Darío todo lo que me había sucedido en la empresa multinacional japonesa desde la mañana.
        Después de felicitarme por el giro de los acontecimientos me soltó: -Y no te preocupa el que en la fábrica descubran que estás trabajando por tu propio interés en vez de por el interés de la empresa.- Poniendo el dedo en la llaga.
        Dediqué un momento a meditar que responder a ese razonamiento, llegando a la siguiente conclusión: -Todos los indicios me llevan a la conclusión de que esta empresa no estará en funcionamiento más allá del año 2000. Si consigo aprender cómo trabajar el metacrilato para conseguir esos resultados tan buenos, saldré de la fábrica con más recursos para tirar adelante que el resto de los empleados, pues la mayoría de ellos, después de trabajar muchos años solo han aprendido a clavar tornillos, empaquetar bultos o insertar componentes.-
        -Si lo tienes así de claro, cariño, adelante.- Dijo Darío mirándome a los ojos y ofreciéndome su copa de cava para brindar.
        Esa noche, después de hacer el amor con mi chico, volví a soñar con Hikaru Yamahaka. Hacía ya varios meses que no soñaba con él y empezaba a pensar que después de haber recibido todos sus mensajes póstumos ya no volvería a aparecerse en mis sueños. Esta vez caminábamos los dos por el larguísimo sendero de piedras blancas circulares que partía en dos un precioso jardín japonés. Yo vestía el ya famoso kimono azul de ribete rojo y él llevaba puesto un kimono masculino de color negro con un paisaje boscoso bordado con hilo dorado y plateado. Mientras atravesábamos los puentes de madera construidos sobre un larguísimo y zigzagueante estanque repleto de carpas de todos los colores y tamaños, yo le recriminaba al nipón todos los problemas que estaba teniendo como consecuencia del tórrido romance que habíamos vivido. Mientras, mi amante me miraba y sonreía complacientemente. Cuando llegamos al rincón donde estaba la higuera con forma de gruta donde lo había visto morir en otra pesadilla, me tapó los labios con el dedo índice y por primera vez en todos esos meses oí a Hikaru hablar en mi sueño. -No es un reto ni un castigo, es una oportunidad.- Me dijo justo un momento antes de desvanecerse en una ventisca de pétalos de cerezo en flor.
        -No es un reto ni un castigo, es una oportunidad.- Era la letanía que se repetía en mi cabeza una y otra vez desde que sonó el despertador a las seis y media. Más tarde ya en la fábrica, mientras tomaba el segundo café con las mosqueteras, bueno todas menos Andrea que no apareció, esas mismas palabras se repetían como un tintineo en mi cerebro: -No es un reto ni un castigo, es una oportunidad.-  Mostrándome totalmente ausente ante mis amigas que esperaban ansiosas alguna explicación o cotilleo sobre la nueva sección. Sonó la sirena, y después la musiquita de la gimnasia japonesa. Gimnasia japonesa que hice siendo consciente de que todo el mundo estaba (de nuevo) pendiente de mí.
        Mientras el jefe de producción empezaba el meeting dando las producciones del día anterior y las previsiones para ese día, yo salí por la puerta lateral y tranquilamente me dirigí hacia el edificio de administración. Para mi sorpresa cuando llegué a la nueva sección súper secreta la puerta estaba cerrada con llave.
        Como no tenía muy claro que debía hacer ni de quien debía recibir órdenes, me senté en uno de los sofás de la sala de espera de la recepción y esperé leyendo una revista a que alguien se dignase a decirme alguna cosa. Fueron pasando algunos de los lacayos de Vanessa que me miraban disimuladamente y algunas visitas se sentaban cerca de mí mientras esperaban ser recibidas. Esa situación se mantuvo casi por dos horas, hasta que apareció Andrea y se sentó a mi lado.
        -Que sepas que sigo muy molesto contigo por lo que me hiciste antes de Semana Santa.- Le dije sin quitar la vista de la revista que estaba leyendo.
        -Te pedí perdón.- Murmuró. -¿Y ahora quizás podríamos seguir la reunión donde la dejamos ayer?- Preguntó esperándose un tono más conciliador por mi parte.
        -¿Tan difícil era mostrarme lo que se hacía en la sección secreta?- Le contesté con otra pregunta. -O, ¿Es que el tema no tiene nada que ver con lo que me mostró Makoto?-
        -Un poco se trata de eso.- Dijo Andrea. -Desde personal han constatado que tienes cierta habilidad para ejercer de colaborador y ayudante de los técnicos japoneses y ahora estarás asignado a esa sección como operario de apoyo de los dos nuevos técnicos japoneses.- Añadió.
        -Cuánta razón tenía el Sr. Cubiles.- Dije lamentándome.
        -¿Que tiene que ver el antiguo jefe de control de calidad en todo esto?- Preguntó la presidenta del comité muy extrañada.
        -Me advirtió del hecho que si en personal se enteraban de que hablaba inglés, acabaría con muchísimo más trabajo del que podría hacer por el mismo sueldo.- Dije con toda la mala leche de que era capaz.
        -Bueno, por lo que se, hay más argumentos que ese para que te hayan adjudicado a ese puesto.- Dijo Andrea con tono condescendiente.
        -Ok. Hay algo más que deba saber, o simplemente me pongo detrás de esos dos como un perrito y espero a que me den instrucciones.- Dije mirándola a los ojos intentando intimidarla.
        -Hay mucho más. Y te lo contaremos Dolores y yo si te dignas a escucharnos.- Mientras, se levantó y se dirigió a la sala de reuniones esperando que la siguiese.
        Mansamente, seguí a la presidenta del comité de empresa de nuevo hasta la mesa ovalada, donde me plantearon más extensamente el proyecto en el que trabajaban Kaede y Makoto. Para poder colaborar con ellos tendría que hacer un cursillo intensivo donde aprendería a utilizar los ordenadores, internet, y lo que más me interesaba a mí: todos los procedimientos técnicos para poder crear esas maravillosas modificaciones a los aparatos. Tan necesarias para conseguir el interés del público VIP por ese producto.


        Posdata:
        -No es un reto ni un castigo, es una oportunidad.- Tuve que repetírmelo infinidad de veces para empezar a creérmelo. Maldito Hikaru Yamahaka.




domingo, 3 de diciembre de 2017

MEMORIAS DE UNA DRAGG QUEEN DE PUEBLO. (Andrea, Dolores, secciones secretas y un japones de pelo azul llamado Makoto.1 )

ANDREA, DOLORES, SECCIONES SECRETAS Y UN JAPONES DE PELO AZUL LLAMADO MAKOTO.1 (Reticencias exasperantes)


        El día de San Juan lo pasamos literalmente durmiendo. Contribuyó a ello el que llegásemos a casa a eso de las diez de la mañana. La verbena de la noche anterior acabó en el PACHA pasadas las ocho de la madrugada, además antes de irnos con la paga, el Sr. Roure quiso reunirse conmigo para exponerme sus planes sobre María como camarera.
        La sorpresa me la llevé cuando me soltó la bomba: Tatiana dejaba de trabajar de camarera a partir del uno de Julio. En realidad iba a casarse a medianos de verano, y esa era la excusa que había usado para colgar el hábito de camarera después de más de quince años tras la barra. La aparición de María le había venido de perlas al propietario, pues la idea de una mujer coctelera en la barra de la terraza Chill-Out le seducía muchísimo. A partir de la semana siguiente Irene sustituiría a Tatiana en la barra de Tatiana (esa barra seguiría llamándose así durante años) y María sustituiría a Irene.
        Durante el desayuno en el Bar Paco, Tatiana nos invitó a una botella de cava para celebrar su inminente matrimonio con un empresario holandés, con el que mantenía una relación desde hacía más de cinco años. La mitad de los que estábamos en la mesa no teníamos ni idea de que tuviese pareja. De hecho desconocía casi todo de la vida de la mayoría de los compañeros del PACHA. Para poner un ejemplo, de Markus, no tenía ni idea si estaba en pareja o no, la verdad era que no sabía ni tan siquiera si era español o extranjero.
        El desayuno se alargó hasta bien entradas las nueve y media. A María le estaba dando un bajón tremendo, y el cava no la estaba ayudando en nada. Así que le propuse que se quedase a dormir en la habitación de invitados de mi casa. Eran las diez de la mañana y ya estábamos los tres durmiendo a pierna suelta. Así estuvimos hasta las seis de la tarde, hora en la que mi compañera de la empresa multinacional nos despertó para decirnos que se iba a su casa para cambiarse y regresar a la discoteca. No tuve tiempo de contarle los planes que tenía el propietario para ella, de hecho no tuve tiempo ni de preguntarle como pensaba hacerlo para ir hasta el parking del PACHA, que era donde se había quedado su coche.
        Tres horas después, mientras me transformaba en Dragg Issis de nuevo pude ver como María regresaba completamente eufórica de reunirse con el Sr. Roure, convertida ya en la camarera-coctelera oficial de la barra Chill-Out. Por otra parte, me resultaba muy extraño el no tener noticias de Martin. Creía que el saber que en siete días lo tendría de compañero compartiendo escenario, era suficiente excusa como para quedar y compartir opiniones.
        Con Martin nunca habíamos tenido una amistad de las de quedar cada dos o tres días, pero, aunque llevásemos un par de meses sin encontrarnos o llamarnos, los dos solíamos buscar una excusa para quedar y hablar de nuestras cosas. Ahora hacia más de un año que no nos habíamos buscado y me preocupaba que el tiempo y la distancia hubiese hecho mella en nuestra amistad. La verdad era, que desde que, con el personaje de Dragg Issis me habían empezado a salir trabajos remunerados, dejó de llamarme para quedar y hablar de nuestras cosas, y si a eso le sumábamos cierto desinterés por mi parte y los setenta kilómetros que había desde Palamós hasta Figueres, no era extraño ese distanciamiento. Nos volveríamos a ver en una semana y saldría de dudas.
        El sábado veinticuatro pasó rápido, entre la clientela resacosa de la noche anterior y el poco entusiasmo que le pusimos las Dragg Queens (no nos molestamos ni en cambiar las canciones de las actuaciones de la verbena). Además los strippers se cabrearon por el malentendido de la noche anterior y no apareció ninguno para la sesión del sábado. La verdad, nadie los echó de menos. Tenía la sensación de que el tema de los desnudos masculinos ya no daba mucho más de sí, al menos en la sesión de los sábados. La única nota de color de la noche la dio Tatiana, que invitaba a chupitos a todo el mundo como despedida de su vida laboral nocturna.
        Como, a parte de la euforia de María por su próxima incorporación a la plantilla del PACHA, no sucedió nada que considere de mención. Pasare directamente al miércoles siguiente en la empresa multinacional japonesa.
        Ese día, recién llegado a la empresa y justo después de tomarme el café de rigor con las mosqueteras y de cruzar varias miraditas de complicidad con María, justo en el momento que sonaba la sirena que anunciaba el inicio de la musiquita de la gimnasia japonesa, Andrea me pidió que me quedase en la sala de descanso. Ante mi cara de sorpresa, me dijo que tendría que acompañarla a la sección de personal.
        Al preguntarle sobre el motivo de semejante requerimiento, se negó a decírmelo con un escueto: -Todo a su debido tiempo.-
        Mientras cruzábamos el complejo a través del almacén de material de fabricación no pude dejar de darme cuenta del caos cósmico en que estaba sumida esa sección. Los millones de piezas, paquetes y fardos de componentes se acumulaban a montones en un desorden controlado solamente por las hábiles manos y mentes de los encargados de esa zona. Mientras las cadenas cinco y seis empezaban a producir algunos de los nuevos productos adjudicados recientemente. -Qué diferencia que hay con el stock que había en abril.- Pensé. -Con todos estos modelos nuevos que se van a fabricar a partir de ahora la empresa tiene asegurada su viabilidad hasta el año 2000.- Meditaba mientras entrabamos en el edificio de administración. Allí nos esperaba Dolores, la secretaria del Jefe de Personal, que se nos acopló con un expediente en la mano mientras subíamos a la sala de reuniones.
        Al pasar por delante de la muñeca de porcelana, de golpe, noté como un respingo detrás de la oreja. -¿Podría ser que hubiese alguna cámara en la sala de espera y me hubiesen grabado mientras me llevaba el contenido del cajón de la urna de madera y cristal?- Pensé con preocupación. Aunque, la verdad, tampoco podrían molestarse en exceso, pues el contenido del paquete iba dirigido a mí. En fin, en un momento me quedaría claro si se trataba de eso.
        Nos sentamos Andrea, Dolores y yo alrededor de la enorme mesa oval de la sala de reuniones. Parecía que estuviésemos esperando a alguien más porque ninguno de los presentes decía nada. Cinco minutos interminables después, empecé a impacientarme y pregunté: -¿A quién estamos esperando?-
        -En realidad… A nadie.- Dijo Dolores sin saber muy bien cómo empezar a hablarme.
        Pasados cinco minutos más en los que nos dedicamos a mirarnos a los ojos incómodamente y sin que nadie se atreviese a decir nada, Andrea muy indecisa rompió el hielo: -¿Cuáles son tus expectativas dentro de esta empresa?- Me preguntó directamente la presidenta del comité de empresa.
        -Ninguna.- Contesté taxativamente.
        -¿Me estás diciendo que te complace la idea de seguir haciendo lo que estás haciendo ahora durante los cuarenta años que te faltan para jubilarte?- Preguntó Dolores muy afectada.
        -Soy pragmático.- Contesté. -Sinceramente, ¿qué posibilidades hay en esta empresa de que un empleado no cualificado salga de la cadena de montaje o del grupo de estibadores del almacén?- Añadí dejando bien clara mi posición al respecto.
        -Ya te dije que esto iba a ser muy complicado.- Le dijo Andrea a Dolores dejándome muy claro que llevaban mucho tiempo preparando esta reunión. -Los encargados y la antigua dirección lo putearon muchísimo y ahora está completamente quemado, arisco y cerrado a cualquier propuesta que le hagamos.- Añadió. Hablando como si yo no estuviese delante de ellas escuchándolas.
        -¿Pues tú me dirás como lo hacemos?- Dijo Dolores mirando a Andrea. -Porque desde Dirección lo quieren en la nueva sección. Y esta vez no van a aceptar un no como respuesta.- Siguió hablando mientras a mí ya me empezaba a molestar el que me estuviesen ignorando de ese modo. En ese momento se dieron cuenta de que si lo que buscaban era tranquilizarme lo estaban haciendo fatal y se callaron las dos.
        Por mi parte, aun le guardaba cierto rencor a Andrea por la actitud que me demostró antes de Semana Santa, al haberse posicionado y dar crédito a los chismorreos que corrían sobre mi persona en  la sección de personal. En cuanto a Dolores, no sabía mucho de ella, pero el solo hecho de estar trabajando a las órdenes de Vanessa hacia que no sintiese la más mínima confianza hacia ella. Al verlas tan inquietas, me envalentoné: -Como veo que tenéis mucho que hablar entre vosotras, yo regresaré a mi sección, que tengo muchísimo trabajo acumulado. Cuando tengáis las ideas más claras, si procede, me contáis alguna cosa.- Dije mientras me levantaba y salía de la sala, quedándose las dos con un palmo de narices y sin poder articular ninguna palabra.
        Mientras regresaba a mi sección, me regocijaba en la idea que me venía a la mente, donde el departamento de personal estaba por un lado, muy presionado por Klaus-Hiro y por el otro se sentían terriblemente acuciados por mi negativa a aceptar cargos de responsabilidad, todo ello amenizado por la necesidad casi enfermiza del hijo de Hikaru Yamahaka de promocionarme dentro de la empresa como compensación a unos favores que yo no era consciente de haber realizado.
        La presidenta del comité de empresa me persiguió a través de los coches de la zona de parking llamándome para que me parase. Insistió en que regresase o que por lo menos intentásemos hablar mientras tomábamos un café. Accedí a su propuesta y nos dirigimos al comedor de la empresa. Curiosamente, el espacio más concurrido a la hora del almuerzo resultaba ser la zona más íntima el resto del día. Tan solo se oía cierta actividad en la cocina: el ruido de los cuchillos trabajando, el agua limpiando alimentos, el bullir de los pucheros y el silbido de algunos fogones.
        Nos preparamos un café y nos sentamos en un rincón. -No entiendo esta aversión que le tienes a los puestos de responsabilidad.- Dijo Andrea, sorprendida por la actitud que demostraba al respecto. -La mayoría de los empleados matarían por las oportunidades que tú desperdicias.- Añadió, mientras yo la escuchaba en silencio. La mosquetera me miró a los ojos, parecía ciertamente desesperada, y me dijo. -Sinceramente, no sé qué perra le ha cogido al Director General contigo, pero lleva un mes preparando una sección a medida para colocarte.-
        -Joder pero que pesado que es Klaus.- Pensé. -Si quiere mostrarse agradecido que haga como todo el mundo y envié una tarta, una cesta de fruta o una caja de bombones.- Seguí pensando mientras fingía que escuchaba a mi amiga, que esperaba una respuesta de mi parte.
        -Estoy fantásticamente bien en mi sección.- Le contesté con tono muy serio. -La verdad, empiezo a estar cansado de que continuamente quieran encajarme responsabilidades que no me interesan lo más mínimo.- Añadí.
        -Pero, ¿no vas ni tan siquiera a escuchar la propuesta que te hacen?- Preguntó con tono desesperado.
        -Tienes mi curriculum ¿verdad? Pues compáralo con esa propuesta y si crees que se ajustan volveremos a hablar del tema.- Le contesté mientras daba un sorbo al café y meditaba sobre el hecho de que aún no eran las nueve de la mañana y ya llevaba cuatro cafés en el cuerpo. -Esto no tiene que ser bueno para la salud.- Pensé. Mientras, Andrea dándome por imposible me invitaba a volver a mi sección.
        Cuando llegué al almacén de control de calidad me encontré con una desagradable sorpresa. Había otro chico en mi puesto de trabajo, chequeando los aparatos codo con codo con María. -Fantástico.- Pensé, mientras empezaba a encenderme por dentro.
        -En la reunión de esta mañana me han dicho que tú ya no estabas asignado a esta sección y que a partir de hoy Pere te iba a sustituir.- Se disculpó mi amiga cuando me vio entrar en la sección y se dio cuenta de que no me hacia ninguna gracia los cambios que se habían producido.
        No sé si sería por la gran cantidad de cafeína que llevaba en el cuerpo o por la recién consumada conspiración hacia mi persona, pero tenía ganas de partirle el alma a alguien. Siempre había reaccionado muy mal a las situaciones impuestas y esta no sería una excepción. De eso estaba muy seguro.
        Necesitaba tranquilizarme y solo se me ocurrió irme hasta mi coche y encerrarme dentro. Estaba siendo irracional, era evidente que me estaban poniendo en la situación de aceptar lo que supusiese ese cambio de sección o irme. Y la idea de despedirme a la brava de la empresa, en ese momento, no me seducía nada. Justo entonces oí que golpeaban el cristal de la ventana del conductor. Era Álvaro. Dio la vuelta al coche y entró por la puerta del copiloto. -Tu siempre tan melodramático.- Dijo mirándome por encima del hombro.
        -Ahora es cuando tú vas a hacer de poli bueno y me dirás lo bien que estaré en otra sección ¿No?- Le dije.
        -Bueno… estos son los inconvenientes de meterte en la cama de un jefe.- Dijo mi exnovio. -Se acaban obsesionando y nunca creen que hacen lo suficiente para valorarte como es debido.-
        -Gracias, me estas animando muchísimo.- Le dije haciendo el gesto de vomitar con los dedos en la boca.
        -Klaus está empeñado en aprovechar tu talento creativo para la empresa. Y ya sabes lo persuasivo que puede llegar a ser.- Dijo Álvaro muy serio.
        Esas palabras terminaron de encenderme. Me giré mirando al pelirrojo fijamente a los ojos y le dije: -Dile a tu novio, que por ahora lo único que ha conseguido con los ineptos que me ha enviado para convencerme, es que me plantee muy seriamente el dejar de trabajar para esta empresa. Y ahora si no tienes nada más que decirme me gustaría estar solo un rato.- invitándolo a salir del coche.
        Mientras veía como Álvaro regresaba a la nave, me di cuenta de que, oficialmente en ese momento no pertenecía a ninguna sección, así que en teoría nadie me echaría de menos. Eran las nueve de la mañana y hacia un día genial, casi de verano, ideal para estar tumbado tomando el aire en el césped. Me acordé que tenía un libro que aún no había empezado a leer en el maletero, así que busqué una sombra agradable desde donde pudiese verme todo el mundo y empecé a leer, con la esperanza de crear una situación lo suficientemente absurda como para que se solucionase por si sola.
        A las diez, cuando sonó la sirena del descanso de la mañana, las mosqueteras se plantaron en bloque a mí alrededor. Me traían un café (maaas café, era lo que me hacía falta en ese momento) y se quedaron sentadas a mi alrededor esperando a que yo les dijese alguna cosa. El problema era que no tenía absolutamente nada que contarles, así que opté por quitar hierro al asunto y pregunté a María por las aptitudes de su nuevo compañero, poniéndola en un aprieto, pues por muy buenas que fuesen sus cualidades no podía hablar bien de él sin hacerme un desprecio a mí. Quince tensos minutos después regresaron a su trabajo y yo seguí leyendo.
        A eso de las once apareció Makoto, el japonés del pelo azul, saliendo del edificio de administración. Se acercó a mí y me saludo en inglés. -Hola, hace un día genial para estar tumbado en el césped.- Y se sentó a mi lado. -¿Es interesante el libro que estás leyendo?- Preguntó.
        -Es Dune, de Frank Herbert.- Le dije. -Vi la película y aunque parecía interesante no entendí nada, así que he decidido leerme el libro.-
        -Te va a encantar.- Dijo. -Creo que es de los mejores libros de ciencia ficción que se han escrito.-
        -Gracias.- Le dije. -Realmente lo estoy disfrutando.-
        -Una cosa… los vestidos y pelucas que usas para tu show… ¿Los haces totalmente tú con tus manos?- Preguntó poniéndose de rodillas y mirándome fijamente.
        -Si.- Contesté.
        -Sabes que eres realmente bueno diseñando y haciendo ropa ¿no?- Añadió.
        -Sí, eso ya lo sé.- Contesté empezando a temerme por donde quería llevar la conversación.
        -Yo intente hacerme algún disfraz para asistir a las convenciones del Manga, pero soy un negado para el tema del diseño de ropa.- Dijo riéndose. -Así que tengo que contratar a especialistas para que me hagan esas cosas.- Añadió mientras gesticulaba con las manos, de no ser japonés (porque me es dificilísimo ubicarlos) creería que ese chico era súper mariquita.
        Como veía que todo me llevaría hacia esa situación, le hice la gran pregunta: -Exactamente, ¿Qué haces tú para esta empresa?-
        -Colaboro en un estudio de mercado junto con Kaede.- Dijo orgulloso.
        -Y ¿Cuál es la especialidad laboral de Kaede?- Pregunté.
        -Es una de las mejores analistas de tendencias de mercados y estudios sociológicos aplicados al consumo del mundo.- Dijo dejándome de piedra por el curiosísimo oficio de la chica.
        Era obvio que me estaba conduciendo a su terreno. De hecho estaba logrando su objetivo, yo ya empezaba a tener curiosidad por saber qué diablos se cocía en el nuevo departamento. -¿Puedo preguntarte en que consiste ese estudio que estáis realizando?- Después de decir eso me di cuenta de que ya había cerrado el libro y toda mi atención estaba puesta en Makoto.
        -Puedo hacer algo mejor.- Dijo el japonés de pelo azul. -Puedo mostrarte lo que hacemos.-
        Tres minutos después me vi acompañándolo a la secretísima nueva sección de la empresa. -¿Tan difícil era haber empezado por aquí? En vez de enviarme a esas dos incompetentes que solo deseaban justificar su empleo.- Pensaba.
        Una de las secciones de la planta baja del edificio de administración, que se solía utilizar de almacén de material y de archivo la habían vaciado, transformándolo en una especie de laboratorio de ideas. Esa fue una de las sensaciones que tuve cuando entré en esa especie de cueva de Ali Babá plagada de imágenes y diseños imposibles que empapelaban todas sus paredes y plafones divisorios. Tenían cinco ordenadores conectados a todo tipo de aparatos de los que desconocía totalmente sus propiedades y utilidades. Y en ese momento una enorme impresora estaba imprimiendo una foto de tamaño DIN2 de Makoto y Dragg Issis. No pude evitar el quedarme por un momento embobado por el hipnótico zumbido y vaivén de los inyectores de tinta a medida que se imprimía la eufórica sonrisa del japonés de pelo azul junto a una forzada sonrisa de circunstancia de la Dragg.
        -No lo entiendo… ¿Qué tipo de estudio es el que hacéis aquí?- Pregunté sin terminar de entender el porqué de todo aquello.
        -Nuestro cometido es explorar las posibilidades de transformar un producto de consumo de masas en un objeto de cualidades exclusivas.- Dijo el japonés mientras me mostraba una foto de una aspiradora a la que le habían aplicado una especie de estampado tipo piel de leopardo.
        -Y… ¿Alguien está dispuesto a pagar por algo como esto?- Dije mientras se me escapaba la risa.
        -Este es nuestro trabajo, buscar mercados potenciales donde poder colocar un producto estándar con un plus añadido que lo haga ser exclusivo.- Me contestó.
        En ese momento me sentía totalmente abrumado por el sinfín de originalidades fotografiadas que me rodeaban expuestas por todo el recinto. Algunas eran tan geniales, que me las estaba apuntando mentalmente para aplicarlas al vestuario de Dragg Issis a la que tuviese ocasión. Por lo demás, a todo lo que había allí no le veía el más mínimo sentido práctico para una empresa cuyo principal activo era la producción en masa de artículos de bajo coste, destinados a la población de clase media y baja que pudiesen permitírselos.
        La pretensión de crear objetos híper exclusivos para personas de clase muy alta o VIP’S, me parecía un hándicap del todo imposible, incluso para una empresa multinacional con los medios de que disponía esta.
        Y llegados a ese punto. -¿Qué diablos pintaba yo allí?- Me preguntaba.


        Posdata:
        Aunque lo disfracen de persuasión, la mayoría de las veces solo se trata de imposición pura y dura.